lunes, agosto 01, 2005

Diálogo en el espejo.

Diana.- ¡Son las 10 de la noche y has llegado tarde a nuestro encuentro!

Yo.- ¿no te ha bastado ya con haberme seguido toda la vida?

Diana.- ¿haberte seguido?, ¿De manera que ahora yo soy la que te persigo?

Yo.- No. No me confundas que yo soy yo y tu eres Diana.

Diana.- ¡Pero ya sé que soy Diana! ¡Para lo que importa!. Mira que no hagas que me salte la saliva. No des la vuelta a la hoja todavía, que te he reclamado que has llegado tarde.

Yo.- Sí, tu voz ha retumbado en mi oído izquierdo

Diana.- ¿y?

Yo.- Y que. Te decía que ya me he cansado de seguirte a todos lados, tras las piedras, tras la sombra de esas oscuridades tan hondas que me provocan miedo y pánico al asomarme a ver si sigues ahí, esperando a que te siga.

Diana.- ¡Ja, Claro!, ahora eres cobarde. Mira que ha llovido y no has estado aquí, como siempre, huyes cuando hay truenos. Ya, ya, no importa. Escucha. Mientras me veía en el espejo he notado que arrugo la frente cuando me lavo los dientes, sí y es que es una manía tan fea la que tengo que me he dado cuenta que el tiempo me está asaltando, y que estoy mutando.

Yo.- ¿Mutando tu? ¡Ja por favor!, eso déjaselo a una bacteria pasteuriana o al mismo copérnico. Tú cambias en cada lluvia, como el escarabajo más panzón o ríes cuando alguien dice algo que ¡bah! Lo más torpe del mundo pudiera ser. ¿Pero el tiempo te lo ha dicho?

Diana.- ¿Decirme el tiempo? ¿A mí? No, el tiempo no tiene palabra, el espejo sí.

Yo.- El espejo no es más allá que la puerta hacia lo oculto, por eso decía Covarrubias “El espejo no es para que te mires es para que te encuentres”. Pero ¡Diana Has pensado que del otro lado vives tu, y después éste yo!

Diana.- En ti, ni quien quiera pensar, ni sentir, sólo eres un egoísta que piensas en ti, y sientes por ti. Basta de eso. ¿Sabes? ¡La he encontrado! La he visto. Es una niña preciosa, más que bonita, tiene una gracia y una inteligencia que la hace ser objeto de mi admiración. Ella se llama Aralia. Pero la he bautizado con el nombre de Aralé. Sólo tiene ocho años pero contamos historias y reímos de los niños, juega conmigo a la pelota, decimos tragalenguas, y ¡¡¡Comemos helado de chocolate!!!!.

Yo.- ¡Esperate, Esperate! ¿Quién es ella?

Diana.- Es mi futura hija. La que tendré en 6 ó 7 años pero que sea número par.

Yo.- ¡¡¡Diana, por fin la descubriste!!! Pero… sigue tu obsesión por los números par.

Diana.- Sí, pero no he querido decírselo a él. Tú sabes.

Yo.- Sí, lo sé. ¿Y lo has visto?

Diana.- No. Hace tiempo que no le veo los ojos en mi piel. Hace tiempo que no le descubro el color pigmentado y la nostalgia que le alimenta el espíritu. No, puede ser peligroso descubrirle de golpe, tras la gente, con su mirada arrogante y la sonrisa atrevida. No, da miedo no encontrar las palabras de hace tiempo. Mejor que se quede guardado en su país de ranas, sé que pronto le llegará su princesa a quitarle el hechizo y se convertirá en príncipe. O terminará como un Ogro para siempre.

Yo.- ¿Cuantos deseos pediste?

Diana.- ¿Deseos? Bajo aquel cielo que se mostraba imponente sobre mi cien. No pude más que olvidarme de ésta viva y ser parte de todo en un segundo. Estrellas fugaces muchas vi. Mis ojos las enterraron en el universo. Pero deseos… deseos. ¿Para que Yo? Ellas eran tan lindas que no me atreví a pedirles nada. ¡Yo! ¡Yo! ya tengo sueño de dormir. Te dejaré, ¡no más bien! No me dejes… sólo acompáñame al espejo.

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