Lluvias de Luna
Había pasado aquella noche por esa calle, lo recuerdo, no había gente y mis pasos se oían en la oscuridad. Había llovido. El delineador se me había corrido, estaba mojada, y no tenía ganas de nada, sino de quitarme los apretados zapatos de tacón. Había salido muy tarde de la oficina, pero eso no me detuvo para dar un paseo, me gusta pasear de noche, me gusta pasear en la oscuridad, pero no en las calles oscuras o tenebrosas, más bien en aquellas en que la luz es tenue y le da el paso sutil a la oscuridad. Iba con la mirada abajo, viendo como mis pies se seguían el uno al otro. Un sonido suave me llegó, cual frescura después de la tempestad. Distinguí una figura esbelta, con un violín en su hombro, comenzó a tocar y yo, me perdí en otro universo, en otro tiempo; de pronto todo había desaparecido, las calles, los altos edificios, las nuevas palmeras, todo, menos él, la música, la oscuridad y yo.
Terminó la pieza. No recuerdo cual era. No me importo recordarla, me importo el trance, el momento magnético entre… ¡bah! Aún no sé si entre la música, el y yo ó sí entre él y yo, o si yo lo había hecho a un lado y era solamente el magnetismo era entre la música y yo. Cómo dije no importa. Tenía una gorra en el piso con unas cuantas monedas. Me acerqué y le dejé un billete de $20 pesos, y un recado que decía: “Por fin Eurídice a encontrado a Orfeo. Soy Julieta número telefónico 44262703 Haz que la noche sea perfecta”. Me fui. Guardé mis manos en los bolsillos del saco y caminé apresuradamente.
Esperé su llamada, no llamó. Dos horas después me había quedado dormida en mi camisón predilecto. El timbre sonó. Me desperté desconcertada y avance, era muy tarde, no abrí. Pregunté quien era y del otro lado alguien contestó: Quiero saber si hay una Eurídice que vive en ésta casa. Abrí lo más serenamente que pude. Le vi los ojos, no recuerdo por cuanto tiempo. Me abrazó de pronto, sus brazos se enroscaron en mi cintura, afuera llovía, y su suéter estaba mojado. No me importo. Sus manos comenzaron a rodearme el cuello, quité el suéter, su piel era húmeda, tenía el color de la arena, mirada profunda, ceja abundante, y había en él una sonrisa sincera. Me besó, nos besamos largo rato, luego sus pies comenzaron a buscar mi cama y cedí. Sus labios parecían abrirse y succionar mi cuello, de una forma tan lenta, que sentía los bellos erizarse comenzando en el tobillo, pasando el pubis, la cintura, el seno y finalmente al mismo cuello. Su piel se mezclaba con la mía, y parecía que nos reconocíamos, parecía que había llegado desde algún otro lugar extraño y habíamos coincidido, sus manos buscaron mis senos que cedían como el barro a sus antojos, apagué la luz, tenía miedo que de pronto todo desapareciera. Mis dedos de los pies se juntaron con los suyos, la ropa no sirvió entonces, era como un objeto extraño a nosotros. No sé cuanto tiempo estuve ahí con él, en la luz y en la oscuridad. Sus dientes mordían sin dolor, su boca parecía no terminar de recorrerme. No sé cuanto tiempo estuvimos amándonos, pero no recuerdo, cuando me venció el cansancio. Sólo recuerdo vagamente su voz en susurros: - Descansa, descansa, duerme, duerme.
Desperté aterrada a media madrugada, - Aquí estoy, aquí estoy, me dijo.
-No sé tu nombre.
-Miguel, me llamo Miguel.
-¡Ah! Miguel cómo el ángel, dije muy bajito y volví a dormir. No sin antes, volver a preguntar:
- ¿Y que signo eres?
- Cáncer, ¿Por qué?-
¡Ja!. Lo sabía, sólo los Cáncer me provocan tantos orgasmos.
-No entiendo.
-Es fácil, Somos signos opuestos, hay una mayor atracción, Soy Capricornio. Se rió apenas y me repitió, envolviéndome con sus brazos, - Duerme, descansa-.
Desperté muy tarde, la luz me quemaba la vista. Cuando mire a mí alrededor… él no estaba. Corrí rápido a las habitaciones y no encontré a nadie. El mundo, se hacía estrecho y me ahogaba. Me acerqué a la cocina buscando agua, y encontré sobre la mesa una flor, una rosa blanca, y un papel que decía:
Te quiero para siempre
Orfeo.
Nunca le vi la cara a la nostalgia tan cerca como ese día.
Terminó la pieza. No recuerdo cual era. No me importo recordarla, me importo el trance, el momento magnético entre… ¡bah! Aún no sé si entre la música, el y yo ó sí entre él y yo, o si yo lo había hecho a un lado y era solamente el magnetismo era entre la música y yo. Cómo dije no importa. Tenía una gorra en el piso con unas cuantas monedas. Me acerqué y le dejé un billete de $20 pesos, y un recado que decía: “Por fin Eurídice a encontrado a Orfeo. Soy Julieta número telefónico 44262703 Haz que la noche sea perfecta”. Me fui. Guardé mis manos en los bolsillos del saco y caminé apresuradamente.
Esperé su llamada, no llamó. Dos horas después me había quedado dormida en mi camisón predilecto. El timbre sonó. Me desperté desconcertada y avance, era muy tarde, no abrí. Pregunté quien era y del otro lado alguien contestó: Quiero saber si hay una Eurídice que vive en ésta casa. Abrí lo más serenamente que pude. Le vi los ojos, no recuerdo por cuanto tiempo. Me abrazó de pronto, sus brazos se enroscaron en mi cintura, afuera llovía, y su suéter estaba mojado. No me importo. Sus manos comenzaron a rodearme el cuello, quité el suéter, su piel era húmeda, tenía el color de la arena, mirada profunda, ceja abundante, y había en él una sonrisa sincera. Me besó, nos besamos largo rato, luego sus pies comenzaron a buscar mi cama y cedí. Sus labios parecían abrirse y succionar mi cuello, de una forma tan lenta, que sentía los bellos erizarse comenzando en el tobillo, pasando el pubis, la cintura, el seno y finalmente al mismo cuello. Su piel se mezclaba con la mía, y parecía que nos reconocíamos, parecía que había llegado desde algún otro lugar extraño y habíamos coincidido, sus manos buscaron mis senos que cedían como el barro a sus antojos, apagué la luz, tenía miedo que de pronto todo desapareciera. Mis dedos de los pies se juntaron con los suyos, la ropa no sirvió entonces, era como un objeto extraño a nosotros. No sé cuanto tiempo estuve ahí con él, en la luz y en la oscuridad. Sus dientes mordían sin dolor, su boca parecía no terminar de recorrerme. No sé cuanto tiempo estuvimos amándonos, pero no recuerdo, cuando me venció el cansancio. Sólo recuerdo vagamente su voz en susurros: - Descansa, descansa, duerme, duerme.
Desperté aterrada a media madrugada, - Aquí estoy, aquí estoy, me dijo.
-No sé tu nombre.
-Miguel, me llamo Miguel.
-¡Ah! Miguel cómo el ángel, dije muy bajito y volví a dormir. No sin antes, volver a preguntar:
- ¿Y que signo eres?
- Cáncer, ¿Por qué?-
¡Ja!. Lo sabía, sólo los Cáncer me provocan tantos orgasmos.
-No entiendo.
-Es fácil, Somos signos opuestos, hay una mayor atracción, Soy Capricornio. Se rió apenas y me repitió, envolviéndome con sus brazos, - Duerme, descansa-.
Desperté muy tarde, la luz me quemaba la vista. Cuando mire a mí alrededor… él no estaba. Corrí rápido a las habitaciones y no encontré a nadie. El mundo, se hacía estrecho y me ahogaba. Me acerqué a la cocina buscando agua, y encontré sobre la mesa una flor, una rosa blanca, y un papel que decía:
Te quiero para siempre
Orfeo.
Nunca le vi la cara a la nostalgia tan cerca como ese día.

2 Comentarios:
y luego? que sigue después de amarte?
buen texto Nerissa, porqué no intentas escribirte más seguido. Parco, audaz, delicioso, con el aire de fantasía y frustración necesario. Eso le quita lo otro, lo que sobra: el abotargamiento inecesario.
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